lunes, 23 de marzo de 2015

Las posibilidades de una isla


Los pueblitos turísticos y playeros comparten todos ciertas similitudes. Además de las palmeras, el mar y la arena, la infraestructura esperada: un pequeño centro de artesanías más o menos parecidas, restaurantes a precios inflados, supermercados a los que se puede entrar con malla y ojotas, un par de barcitos cool en la playa y, alejadas del mar, las casitas comunes de las personas que viven de los visitantes.
Ihla Grande, cerca de Rio, tiene eso mismo. Y algunas particularidades. No es sólo una isla grande, sino muchas islas juntas.
Vida acuática
En uno de los barcitos, por ejemplo, un tipo canta cualquier canción, por más extranjera que sea, en versión asambada y suena igual igual a Seu Jorge cantando temas de Bowie en la peli Vida acuática. Si lo escuchás mientras tomás una cerveza Bohmemia helada y cerrás los ojos, podés ver a Bill Murray corriendo por la playa en traje de neoprén y gorrito rojo. Hay, además, desde pousadas carísimas a hostales con lo mínimo necesario para ser feliz: una cama, un baño y vista al mar. Hay brasileños locales que reciben los barcos y los ven partir cada día, sin melancolía; ni siquiera con saudade.
Lost
En un extremo de la isla, tras varias horas de camino a pie, están las ruinas del presidio Dois Rios, creado a principios del siglo 20, en épocas en la que una isla alejada no era todavía considerada un paraíso sino un páramo. Funcionó hasta la década de 1990 y ahora queda en el lugar una atmósfera extraña, con paisaje de postal e instalaciones carcelarias. Hay un pueblo casi desierto, habitado antes por los guardiacárceles, y las ruinas de las celdas, con las paredes comidas por el viento en una versión tropical de Alcatraz. Lo tremendo es que la cárcel estaba a metros de la playa, como la peor de las torturas: veían y escuchaban el mar, pero jamás lo tocaban. Caminar por ahí para llegar a la playa en la que no hay nadie-pero-nadie es como pasear por las ruinas del proyecto Dharma.
La isla de la fantasía
Aunque los busqué, no hay enanos entre las palmeras. Tampoco hay señores elegantes de traje blanco, pero hay varios con ganas de cumplir todas tus fantasías (algunos insistentes, como Ronaldo, un moreno que usaba hawaianas blancas y al que le “encantaban” las argentinas; tres minutos más tarde, las australianas; después las chilenas, y así). Hay una playa que se llama Lopes Mendes, a la que se puede llegar en una hora de barco o en tres de caminata. Si la imagen de la fantasía crece con la expectativa, vale caminar por el medio de la mata, donde no pasa nadie, excepto algunos monos que se ríen en voz alta al ver cómo sudás y te pican las hormigas. También hay puercoespines y mariposas de colores. En Brasil las mariposas tienen nombre mágico: borboletas.
La isla de Gilligan
Dormir al lado del mar, en la posada Aquario, la más linda y sencillita do mundo, es una delicia. Se puede dormir en las hamacas que dan al mar o en las habitaciones compartidas. Lo bueno de la segunda parte es conocer gente tan distinta como un colombiano que es fotógrafo, motoquero y se dedica al cultivo de paltas; una envidiable sudafricana a la que le pagan por viajar; un alemán que un día colgó su uniforme de médico, vendió todo y se fue por ahí a ver qué quería de su vida; o un holandés errante que jura que duerme en la playa cada noche, aunque cada mañana salga en puntas de pie de una habitación distinta. Diego y Rafael son los bartenders más simpáticos del mundo y, de noche, cuando cae el sol, el pueblito de Abrao muestra su universalidad: el loco, el viejo, el dealer, las matronas, las misas con coros que desafinan, los chicos que ven tele hasta tarde esperando que los reten porque tienen que ir a la escuela.
Lo demás, es caminar, mirar, escuchar las olas, y nada más. Nada menos.
Van algunas sugerencias de qué hacer y qué no hacer para quienes quieran pasar unos días de paraíso.
Sí:
-Llevar un saquito para el viaje en bote desde Angra do Reis a la isla. El viento pega, el agua moja, el frío congela.
-Llevar un rompevientos, paraguas, cualquier cosa que tenga capucha. Y libros, MP3 o un yo-yo. A veces llueve.
-Llevar un repelente. O dos. Los mosquitos pueden llegar a picar 35 veces el cuerpo de alguien en 1º minutos. Fiel estadística.
-Llevar dinero. En la isla no hay cajeros.
-Hacer las trilhas (caminos que atraviesan la mata) aunque la gente del lugar diga que son difíciles. No lo son. Y son más baratas y menos agobiantes que los paseos en bote.
No:
-No hacer las trilhas de cuatro horas con ojotas ni con chanclas, aunque la gente del lugar asegure que “se pueden hacer hasta descalzo”. Ellos tienen los pies curtidos, el resto no.
-No quedarse en las fogatas de la playa hasta muy tarde, los hostales cierran la puerta. Y saltar las tapias en ojotas es complicado.
-No es recomendable bañarse en el puerto a las cuatro de la mañana tras varias caipirinhas, por motivos varios.
-No es recomendable bañarse en el puerto a las cuatro de la mañana con ropa interior XL. Sólo por dignidad.
-No esperar contacto con el mundo, Internet se cae “cuatro días a la semana o cinco”.

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